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Vocación

"Con Dios cada proceso es de Bendicion"

Con Dios cada proceso es de bendición

 

Nuestra vida y carisma

 

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El Convento: nuestro hogar

Por: fray Abner Campillo Márquez

  (El convento de San Pío de Pietrelcina en Juárez, N. L., fundado en el año 2000)                                                 

“Ésta es la puerta del cielo”

(Génesis 28, 17)

El testimonio de san Francisco y su amor por la pobreza hizo que entorno a él se reuniera gran número de hombres que querían seguir su estilo de vida: simplicidad, alegría, y plena confianza en Dios. Eran hombres que renunciando a todo, inspirados evangélicamente, decidían unirse al grupo de penitentes en las afueras de la ciudad italiana llamada “Asís”. Fue así como se formaron las primeras fraternidades franciscanas que vivían bajo la norma de vida propuesta por Francisco y aprobada por el Papa Inocencio III.

Los documentos históricos y testimonios que nos hablan sobre la vida de los primeros hermanos, nos describen en qué consistía un día ordinario para la fraternidad: durante el día recorrían las ciudades y aldeas predicando, pidiendo limosna, llevando la paz y la alegría del Señor a todas las gentes, luego al anochecer regresaban a encontrarse para la experiencia fraterna, para el retiro en oración, y el descanso. El encuentro de los hermanos tenía lugar en pequeñas y sencillas casas, ubicadas afuera de las ciudades, pero cercanas y accesibles para la gente. A estos lugares se les llamará “conventos”.

(Convento de San Fidel de Sigmaringa en ciudad Madera, Chihuahua, fundado en 1999)

La palabra “conventus” significa reunión o asamblea, pero con el paso del tiempo adquirirá un nuevo significado, refiriéndose al lugar en que se desarrolla la vida de una comunidad religiosa. Para los primeros frailes franciscanos este término no denotaba la casa material, sino la comunidad organizada con un mínimo de doce hermanos más el Guardián o superior. De este modo, el convento no será un lugar, sino en sí, la vida integral de los hermanos, unidos y reunidos para la oración, el trabajo, el encuentro fraterno y el descanso.

Es necesario recordar el carácter de vida itinerante y misionera, que desde el inicio de la Orden franciscana ha prevalecido, para comprender cómo se fueron desarrollando y construyendo lugares, moradas más estables, refugios provisionales, también llamados eremitorios, pero que adoptarán oficialmente el nombre de conventos. Con la evolución de la Orden y la nuevas necesidades que surgieron con el pasar de los tiempos, los edificios fueron adquiriendo plena estructura monástica, con su iglesia “conventual”, su claustro, su sala capitular, su huerto, su biblioteca, etc., pero siempre conservando la sencillez y la simplicidad propias de la espiritualidad inspirada por Francisco.

Actualmente, los Capuchinos hacemos nostalgia de los primeros hermanos; ante las necesidades que nos rodean buscamos conservar nuestra presencia fraterna y orante en los espacios de nuestra vida ordinaria, vivimos en conventos adecuados para las necesidades y los ministerios de la fraternidad, propicios para la oración, para el trabajo y la vida fraterna, así como cercanos a los pobres y a los necesitados. Son lugares de silencio, siempre abiertos a la gracia de Dios y al bien espiritual de los hermanos, hospedándonos en ellos como forasteros confiamos en la promesa de que Él cuida de nosotros, sus ojos y su corazón están ahí todos los días (Cfr. 2 Cronicas 7, 16).

 (Claustro del convento de Nuestra Señora de Guadalupe en Yécora, Sonora, fundado el 12 de diciembre de 1985)

 

(Convento de San Félix de Canatalicio en Juárez, N.L., fundado en 2013)

 (Capilla del Convento de San Francisco de Asís en Durango, fundado el 15 de octubre de 2009)