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Por: fray José Luis Villarreal Montemayor

Santa Margarita de Cortona

«El camino de la salvación es fácil; basta amar»

 

 

Nació en el pueblo de Laviano, en Italia. De una familia de campesinos, en el año 1247. Su madre, muy religiosa, le inculca una sencilla y sólida devoción. «Señor Jesús –repetía la pequeña esta oración aprendida de su madre–, te ruego por la salvación de todos aquellos por quienes quieres que se ruegue». Lamentablemente la madre de Margarita muere cuando ella solamente tenía alrededor de siete años. Su recuerdo siempre será para ella de consuelo y fortaleza. Dos años más tarde, su padre se vuelve a casar, pero la madrastra de Margarita la trata con desprecio.

Como Margarita, al crecer, se hiciera notar por su belleza, un día, teniendo diecisiete años, se le acerca un caballero de noble linaje,  con el título de marqués, llamado Guillermo de Pécora. Margarita escucha sus palabras de amor y la invitación a huir con él para vivir en sus castillos. Ella se resiste,  pero finalmente es convencida por los obsequios del marqués y la promesa de que se casarán, aunque no sucedió.

La vida con el marqués está rodeada el lujo, de sirvientes y halagos; sin embargo, Margarita no es feliz, añora el hogar paterno en donde, si no venturosa, al menos tenía honor.  Se siente mal por estar en una unión ilegítima. «En Montepulciano –dirá más tarde– perdí la honra, la dignidad, la paz; todo, menos la fe».

Para acallar, en alguna manera, los gritos de la conciencia, reparte limosnas a manos llenas. Cuando los pobres quieren expresarle su agradecimiento: «No digáis eso –les opone–. Una pecadora como yo no merece esas señales de respeto».  Muchas veces huye a la soledad para llorar por su situación.

La situación cambió inesperadamente. Residían temporalmente en Palazzi. Una mañana el marqués va a visitar sus propiedades. En el bosque de Petrignano unos hombres armados lo atacan, le dan muerte, y esconden su cuerpo bajo unas ramas. Al segundo día, vuelve solamente el perro que acompañaba al marqués. Guiado por él, Margarita encuentra y reconoce el cadáver en el bosque.

Margarita siente, en esta situación primero dolor, avivado por el remordimiento; en seguida, la confianza en la misericordia divina. Decide despojarse de todo. Por un momento sube a Montepulciano, cede a los padres de Guillermo todas sus alhajas y tesoros y, cogiendo de la mano a su hijo de siete años, se encamina a su pueblo natal, Laviano. Pero el hogar paterno no se abre. Su madrastra se rehúsa a recibir a la hija que ha causado tanto escándalo.

Animada por la gracia divina, se propone firmemente a no volver atrás. Alguien le habla en su interior: “Tu padre terreno te ha abandonado, tu Padre celestial te recibirá. Ve a Cortona y ponte bajo la dirección de los frailes menores”.

Dos damas nobles, la condesa Moscari y su nuera, encuentran a Margarita con su niño a la entrada de la ciudad y le ofrecen su ayuda. Está decidido: ellas la protegerán, se encargarán de la educación del pequeño (que luego será franciscano), y, ahora, la encaminan al padre Giunta Bevegnati, admirado por su virtud y prudencia. Este padre será el director espiritual de Margarita y su primer biógrafo.

Desde junio de 1276 Ella comienza a formar perte de la Tercera Orden Seráfica.

Si la vida que lleva resulta admirable por su austeridad y penitencia, resplandece con mayor lustre aún por el ejercicio de la caridad, por la serenidad de su espíritu y por la radiante confianza en el perdón divino. Gusta acercarse a los pobres, y cuidar a los enfermos. Pero con quien más derrocha sus tesoros afectivos es con las mujeres que se hallan en el trance sublime de ser madres; la Santa las asiste y las vela, aceptando después, gustosa, el actuar de madrina en el bautismo.  Recordando aquello, es invocada hoy con especial confianza por las parturientas; sintiéndose éstas seguras bajo la protección de quien, además de haber sido madre, dio lo mejor de su amor y desvelos a las que estaban próximas a serlo.

Asombra la rehabilitación de la gracia en Margarita. De una mujer degradada surge un ser angélico que gusta experimentalmente de las efusiones de los dones místicos más insólitos. El mismo Jesús le dio la clave de este misterio: “He dispuesto que seas como una red para los pecadores. Quiero que el ejemplo de tu conversión predique la esperanza a los pecadores desesperados. Quiero que se convenzan los siglos venideros de que siempre estoy dispuesto a abrir los brazos de mi misericordia al hijo pródigo que, sincero, se vuelve a mí.” Y continuó: “Ama y respeta a todas las criaturas y no desprecies a ninguna”.

El Señor le concedió una gracia especial, que los místicos llaman «locuciones substanciales», porque obran lo que significan; palabras divinas que obran desde dentro. Escuchó del Señor: “Hija mía”, y Margarita experimenta que se le infunde el espíritu filial, desbordando su gratitud. «¡Oh bondad infinita de mi Dios! ¡Oh día prometido por Cristo y esperado con impaciencia! ¡Jesús me ha llamado hija suya!», era el 27 de diciembre de 1276. Pocos días después otra «locución»: “Esposa mía”, consuma el matrimonio espiritual. Como consecuencia se establece una íntima comunicación, como de esposo a esposa; su alma goza un sentimiento sobrenatural y permanente de la presencia de Dios y de su unión con él. 

Santa Margarita de Cortona es considerada como una de las precursoras de la devoción al Sagrado Corazón. En la oración le fue descubierta la llaga abierta del costado, refulgente de luz. La contemplativa fija en ella su ansiosa mirada y descubre al corazón, fuente inagotable de vida. Sus grandes amores son la Eucaristía, la cruz y María Santísima. Dios la asiste también con la virtud de hacer milagros.

En 1286 funda un hospital y unas nuevas terciarias para asistirlo, «las Hermanas pobrecitas», que «tenían por regla la Tercera Orden, el velo por reja y el hospital por claustro». Es la primera institución social de este género que nos presenta la Edad Media.

En 1297 está gravemente enferma. Entre nostalgias de cielo y los ardores de su reuma, recibe el 3 de enero el anuncio preciso de su próxima partida. «Enjuga tus lágrimas, Margarita. Al despuntar el alba del 22 de febrero volarás a las mansiones de los escogidos, donde la divina misericordia te reserva un puesto de honor.» La alegría invade su alma estos días de espera. Toda Cortona acude para recoger su testamento. Este es claro y optimista, eco de su confianza en el amor: «El camino de la salvación es fácil; basta amar».

El 22, como le fue anunciado,  Margarita vuela a las bodas eternas. «Dios mío, te amo», fue su último suspiro. Tenía cincuenta años.

Junto a su tumba se multiplican los milagros. Benedicto XIII la canonizó en 1728.

(Extraído de franciscanos.org)