Por fray Francisco Patiño

El encuentro del Papa Francisco con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en días pasados, así como su visita a Egipto, evocan de alguna manera el intento, algunos siglos atrás, de San Francisco de Asís por lograr la paz en un mundo agobiado por la guerra. Su visita fue al líder musulmán Malik al-Kamil en 1219. Esta misión algunos la califican de fracasada por que no se vieron efectos de inmediato en las cruzadas, una guerra de ese tiempo en un intento de recuperar los lugares sagrados de Jerusalén en manos de los musulmanes y que estaba cobrando miles de vidas.

Los escenarios ahora pueden ser bastante similares: por un lado, Estados Unidos y su presidente con políticas y gestos en contra de los mexicanos y los musulmanes, desatando un efervescente odio hacia los diferentes grupos de inmigrantes, tratando a todos como criminales. Por otro lado Egipto, donde los ataques de grupos extremistas a iglesias católicas ha dejado un saldo de más de 100 personas muertas en este año. En el último hubo un saldo de 23 víctimas letales, la mayoría niños.

El mensaje del Papa Francisco ha sido contundente, tanto en su visita a Egipto como en su entrevista con el presidente del vecino país, “enfocarnos en un arduo trabajo por la paz”, un llamado a las distintas instancias tanto del gobierno y la educación así como de la misma iglesia católica. Agrega también que la pobreza social no deja de ser el caldo de cultivo tanto del terrorismo como del fenómeno migratorio.

Un estudioso de San Francisco, Albert Jacquard escribe en La Preocupación por los Pobres (editorial Herder, 1996) que “el sultán no olvidó la sonrisa de Francisco, su dulzura en la expresión de una fe sin límite. Quizás este recuerdo fuera decisivo cuando decidió, diez años más tarde, cuando ninguna fuerza le obligaba, entregar Jerusalén a los cristianos”. De la misma manera, además de una apertura de la Iglesia para con los gobiernos de trabajar juntos por la paz, el Papa regala a los dignatarios un medallón con un ramo de olivo tallado, el ramo está dividido por la guerra y éste se inclina en dos ramas lentamente hacia la paz, es la explicación que dio el Papa a Trump cuando se lo entregó.

La violencia sigue un curso desorganizado, no espera, tiene efectos graves e inmediatos, todo lo contrario a la paz, que se forma en un proceso lento y de diálogo-escucha, con efectos no inmediatos pero sí firmes, un proceso que permite la vida y alzar la mirada a Dios, definitivamente es un movimiento del Espíritu que tienen que dejar actuar los responsables de conseguir esta alianza. Un proceso constante y esperado también en nuestras misiones en el Norte de México tanto en las familias como en nuestros pueblos que acompañamos como hermanos de Francisco de Asís. En el nombre sea de Dios.