Por fray Guillermo Trauba

¡Paz y bien! ¿Qué hacer cuando nada funciona? Algunas personas hacen más esfuerzos, algunas piden consejos, otras cambian su estrategia o son creativas, algunas piden ayuda a Dios y otras personas se desesperan. ¿Cómo saber si uno debe continuar o cambiar en la misma lucha? Mucho depende en el sentido que esta lucha tiene para uno. Cuando las luchas son exteriores son muy frustrantes pero algunas veces sacamos medios que nos ayudan. Pero cuando las luchas son interiores son más agudas y desgastantes porque no hay escape.

Así fueron las luchas interiores en el alma de Padre Pío. Él comparte su experiencia de estas feroces luchas en su alma con su hermano religioso fray Agustín de San Marco in Lamis. Su experiencia y la solución que encuentra nos pueden servir en momentos de oscuridad. Sus comentarios se encuentran en su carta a fray Agustín fechada el fin de enero de 1916:

Mi alma se encuentra desde hace tiempo sumergida día y noche en la más profunda noche del espíritu. Las tinieblas espirituales me duran larguísimas horas de larguísimos días y con frecuencia semanas enteras…. Cuando se está en el colmo de este martirio, me parece que el alma está allí buscando consuelo en el pensamiento de que, al fin, debe sucumbir necesariamente bajo el peso de tales dolores, porque resulta imposible soportarlos por más tiempo.

Pero, ¡viva Dios!, porque el pensamiento de la inmortalidad, que resiste al mismo infierno, se presenta súbitamente a esta alma turbada, que está para perderse; entonces ella se da cuenta de que continúa dando forma a un cuerpo vivo y cuando está para pedir auxilio, de repente se siente ahogada por su propio grito…; y aquí mi lengua enmudece y no puedo decir lo que está sucediendo en mí. Son, en verdad, cosas nuevas, y no hay lenguaje que pueda describirlas.

Y sólo digo que aquí se está exactamente en el colmo de los dolores, y no sé si agrado o no al Señor. En cuanto a mí, busco amarlo, lo deseo; pero, en esta noche de oscurísimas tinieblas, mi espíritu ciego va errante a la aventura, mi corazón está seco, las fuerzas se han abatido, los sentimientos extenuados.

Yo me voy debatiendo en las tinieblas; suspiro, lloro, me lamento, pero es todo en vano; hasta que, abatida por el dolor y privada de fuerzas, la pobre alma se somete al Señor diciendo: “Oh dulcísimo Jesús, no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Es impresionante la turbulencia en el alma de Padre Pío. Pero, como un buen navegador de su barco, Padre Pío sabe a dónde quiere llegar y se mantiene firme en su rumbo a Dios  practicando la humildad y actos de fe. También, por sus estudios y experiencia, entiende algo del origen y el propósito de estas turbulencias espirituales. Sabe que Dios los permite para la purificación de su alma de todo consuelo que no es de Dios, de todo concepto o apego que le puede impedir a un contacto más directo con Dios, misterio infinito. Por eso, aunque tambalea por la fuerza de estas luchas no se desespera. En fin, toma por la solución rendirse más conscientemente y libremente a Dios: “Oh dulcísimo Jesús, no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Nosotros nos confundimos a menudo, en nuestra habilidad de dar sentido a nuestras luchas interiores. No las queremos tener. Nos distraemos con otras cosas, buscamos refugios en alcohol o drogas o en los placeres de este mundo. Aún las personas espirituales pueden confundirse en lo que viene de Dios y lo que viene del Diablo. Pero lo que viene de Dios nos conduce a Dios y las pruebas que Dios permite en nuestras vidas tienen como fin un ejercicio de virtudes y la purificación de nuestra alma mientras lo que viene del Diablo tiene como objetivo nuestra destrucción y muerte. Dios nos pone a prueba pero nunca nos atienta.

Entonces, en estas pruebas terribles que sufrimos a veces, es importantísimo saber cómo significarlas y si nos conducen a Dios, de resignarnos a la lucha con confianza en la victoria por nuestra perseverancia, con la ayuda de la gracia,  en las virtudes de fe, esperanza y caridad. Si vienen del Maligno, nos ponemos de alerta inmediatamente y tomemos decisiones de poner límite a su infernal seducción.

Nos ayuda recordar que Jesús nos dijo, “Se lo he dicho todo para que tengan paz en mí. Ustedes encontrarán persecuciones en el mundo, pero ¡sean valientes! Yo he vencido al mundo.”  (Jn.16, 33).