De las cartas de Padre Pío: sobre el gozo espiritual

Por fray Guillermo Trauba OFM Cap.

¡Feliz Año Nuevo!

El principio del año nos llena de promesas y esperanzas. Promesas de mejorarnos en varias áreas y esperanzas que así se realicen las promesas. Usualmente estas esperanzas se refieren a cosas exteriores a nosotros como una compra mayor o un viaje, pero no siempre. Por ejemplo, una mejor salud es siempre en nuestra lista de nuestras esperanzas para nuestra persona. Pero está incluida también ¿esperamos mejorar nuestra relación con nuestro Dios en este año nuevo?

Acabamos de celebrar el aniversario del evento más importante en la historia humana: la Encarnación de Dios. Este evento representa el comienza de nuestra salvación de la muerte y como consecuencia, una participación en la vida divina de Dios. Esta participación en la vida divina es la vida eterna pero no es una vida sin fin, sino nuestra unión con la naturaleza de Dios. Esto será nuestra plenitud y completa alegría.

Lo más sorprendente es que esta vida prometida comienza ahora en esta vida actual. En cuanto estamos unidos consciente y libremente unidos con Él que se encarnó como el niño nacido en Belén, estamos ya participando de nuestra vida futura en el cielo. Pocas veces uno se da cuenta de que eso es lo que está pasando en su espíritu cuando uno se alegre en Dios.  Tan frecuentemente igualamos nuestra alegría con placeres del mundo  y atribuimos nuestra felicidad a la creatura que vemos y palpamos. No vemos más allá que el alcance de nuestros sentidos. Pero Dios viene intimándose incesantemente a nuestro encuentro por muchas maneras en cuanto lo permitimos entrar en nuestra alma.

Hay personas con un corazón puro que habitualmente ve más allá que les permiten sus sentidos. Una de estas personas es nuestro amigo y hermano Padre Pío. Él describe una de sus encuentros con lo inefable de Dios en su carta a su confidente y hermano religioso Padre Agustín de San Marco en Lamis fechada el 18 de abril del 1912:

¿Cómo podré narrar as nuevas victorias de Jesús en mi alma en estos días? Me limito a contarle lo que me sucedió el martes pasado. ¡Qué gran fuego encendido sentí en mi corazón ese día! Pero sentí también que este fuego fue encendido por una mano amiga, por una mano divinamente celosa. (…). Terminada la misa, me entretuve con Jesús dándole gracias. ¡Oh qué suave fue el coloquio con el paraíso que tuve en aquella mañana! Fue tal que, aun intentando decirle todo, no podría conseguirlo; hubo cosas que no se puede traducir a un lenguaje humano, sin que pierdan el sentido profundo y celeste. El corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fusionaron. No eran ya dos corazones que palpitaban, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido como una gota de agua que se disuelve en el mar. Jesús era el paraíso, el rey. La alegría en mí era tan intensa y tan profunda que no me pude contener más; las lágrimas más deliciosas me llenaron el rostro. Sí, padre mío, el hombre no puede comprender que, cuando el paraíso se derrama en un corazón, este corazón afligido, exiliado, débil y mortal, no lo puede soportar sin llorar. Sí, lo repito, la alegría que llenaba mi corazón fue tal que me hizo llorar largo y tendido. Esta visita, créame, me reconforta del todo.

Padre Pío tenía 25 años cuando escribió esta carta. Padre Pío está reconocido por los sufrimientos que tenía en su cuerpo y en su alma por casi toda de sus 80 años de vida. En particular Padre tenía el divino favor de llevar  las estigmas de Jesús en sus manos, pies y costado por casi 50 años.   La mayor parte de estos sufrimientos fueron aceptados por Padre Pío como parte de su vocación de cooperar en la obra redentora de Jesús. Estos dolores tenían mucho sentido para él porque por medio de ellos ayudaba a Jesús estar presente en el mundo. Esta presencia de Jesús crucificado es una presencia que sana y vivifica porque Jesús nos da su supremo testimonio de amor desde la cruz y es este amor que nos sana y engendra vida.

Sin embargo, tanto como fueron extremos los sufrimientos en la vida de Padre Pío, así fueron también los deleites. En la carta cita arriba  notamos en sus expresiones de júbilo y gozo inefable el principio de la vida eterna en esta alma humana.  Muchas veces Padre Pío se quejaba de sus sufrimientos y dolores pero nunca pide a Dios un alivio de ellos. Aun fue exhortado por sus superiores de no quejarse tanto de sus dolores y de hablar más de la alegría que se sospechaba que estaba dentro de una persona tan santa. Padre Pío respondió que no tenía palabras de expresar los goces que el Señor le concedió. Ante la majestad y benignidad de Dios se quedó sin palabras.

La benignidad de Dios a Padre Pío nos anima también de pedir a nuestro Padre un anticipo de nuestra vida con Él. En este año nuevo esperamos, entonces,  tomar un paso más hacia nuestro futuro, no solamente en la temporalidad de la marcha de los días pero más bien en profundizar nuestra unión y pertenencia a Dios como sus verdaderos hijos e hijas.

¡Que el Señor le concede a cada uno una prosperidad y felicidad digna de un hijo/hija de Dios!

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