DE LAS CARTAS DEL PADRE PIO- Resurrección y retos.

Estimados Amigos de Padre Pío,

¡Paz y bien!

¡Cristo resucito! La resurrección de Jesús, Dios encarnado, nos confronta con el sentido acostumbrado de nuestra vida. Jesús siendo siempre Dios se hizo hombre, murió como hombre y resucitó como hombre. Su resurrección nos presenta un modelo de un futuro ideal y real a la vez. Este futuro utópico nos interpela la valoración de nuestras motivaciones y ganancias materiales y temporales en esta vida. ¿Será una utopía no-real? Y si es no-real ¿porqué esforzarme a conseguirlo?; porque para conseguirlo se requiere mucho esfuerzo y dolor en vencer los gustos y apegos y alejarme de mis sabrosos pecados. Si la resurrección no será una realidad para mí prefiero ni haberlo escuchado y contentarme en mis actividades placenteras aquí en la tierra. Por lo menos así no sentiré una culpa por haberme descuidado de algo que, en realidad, no existe para mí. Así nos programamos ser hijos de este mundo a pesar del testimonio sobresaliente de Jesús crucificado y resucitado. ¿Qué es la consecuencia de ser un hijo del mundo?

Un hijo del mundo es sobretodo egocéntrico. Se da a la tentación de abandonarle a Jesús en su agonía y esta decisión le encausa a un camino a la soledad completa. Esa persona no valora los sufrimientos de Jesús ni le importa ser  aliado con él. Además, maldice sus propios sufrimientos y no sabe cómo significarlos positivamente. Así está a la merced de sus gustos y apegos que lo aislarán progresivamente de los demás, de Dios y de sí mismo con el resultado de estar completamente solo.

Padre Pío se da cuenta  del daño que nos hace cuando nos separemos de los sufrimientos de Cristo y nos conformamos a ser hijos del mundo. Padre Pío reconoce que en la medida en que nos separemos de los sufrimientos de Jesús nos apartamos de su resurrección y nos quedamos muy solos y agobiados por las consecuencias de nuestras malas decisiones. En este contexto Padre Pío ofrece consejos valiosos a su hija espiritual Raffaelina Cerase en su carta a ella en el 4 de agosto de 1915:

Sí, mantente en vida unida siempre a Jesucristo que agoniza y sufre en el huerto de los olivos, y, participando de este modo de la unción de su gracia y del alivio de su fuerza, te encontrarás en ese mismo huerto de los olivos el día de tu muerte, para participar del gozo de su ascensión y de la gloria. … Aprende, pues, a sufrir todo cristianamente y no temas, porque ningún sufrimiento, por muy bajo que sea el motivo del mismo, resultará sin mérito para la vida eterna. Confía y espera en los méritos de Jesús, y de este modo la humilde arcilla se transformará en oro finísimo, que resplandecerá en el reinado del monarca celestial.

Si la resurrección de Jesús no fue real nuestra fe no valdría nada. Si la resurrección de Jesús fue real pero no accesible para mí sería aún peor. Sería una cruel burla a mi humanidad. Si no veo la resurrección como una posibilidad para mí, las inconveniencias de cada día me desviarán  la atención del sentido de mi lucha a entretenerme en la opción de entregarme a mis placeres. Mientras debato conmigo mismo si vale la pena luchar o no para participar en esta utopía de la vida resucitada, la Muerte me caza y me acorrala y me vence.

Jesús pedía frecuentemente que creyéramos en él. Recordamos que la fe es un asentimiento de la voluntad, una  decisión, en favor de un testimonio que recibimos. Sin afirmar el testimonio de Jesús no alcanzamos conectarnos con él quien es el único que ha vencido el dominio de la muerte. En actualidad Jesús sigue su petición de que creamos en él, si no por su palabra, al menos  por el testimonio de sus obras.

Esta fe que nos pide nos introduce a una relación intima con él. Así logramos a entender que la vida resucitada no existe aparte de Jesús resucitado. La fe en Jesús permite una “fusión” con él que ha sido nuestro más profundo anhelo desde el vientre de nuestra madre. La realización plena y definitiva de mi existencia queda en esta fusión de espíritus.

Entonces, en las molestias de cada día o en las grandes pruebas de la vida, es el testimonio del amor por nosotros presentado por Jesús crucificado y resucitado que es el objeto de nuestra fe. Esta significación positiva al dolor de Jesús como un acto oblativo de amor por mí da sentido a mi  lucha en momentos difíciles. Así,  puedo valorar mi sufrimiento por el bien de un otro como un medio fecundo  de amar y  unirme a la obra universal del amor de Dios para toda la humanidad y a toda la creación. Mi plenitud, entonces, no se queda en ser el “hijo del mundo ni del universo” sino en ser el hijo del Creador de este mundo y universo, unido a él para siempre por la fe y  el amor perfeccionado por el sufrimiento.

Su hermano en Cristo,

Fray Guillermo Trauba, OFM Cap.

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