DE LAS CARTAS DEL PADRE PÍO- Temor o Pasión

Por fray Guillermo Trauba

Estimados Amigos de Padre Pío:

¡Que el Señor les dé paz en el fondo de tu corazón!

¿Cómo te va hasta ahora en esta Cuaresma? ¿Todavía estás haciendo las penitencias y prácticas de misericordia que te propusiste? Si perseveras, ¿Lo haces por obligación o por pasión? Para saber cuál, en medio de tu penitencia cuaresmal nota si miras más a los medios o a la meta. Si es por obligación, la atención estará más en los medios, los pasos que empleamos para llegar a la meta.  Si es por pasión, notarás que tu atención tiende más a la meta deseada. De hecho, fijarnos en los medios nos cansa y nos desvía a veces, mientras que la vista en la meta nos endereza y nos da nuevo aliento, aún sometido a la prueba. Si hay una meta clara y alcanzable, los medios se consiguen tarde o temprano.

En nuestra vida estos dos enfoques nos afectan en maneras casi opuestas.  La pasión del amor nos impulsa a volar hacia al amado sin que nada ni nadie nos detenga. El temor, al contrario, nos lleva a parar, analizar y estar muy seguros antes de proceder. En otros términos, cuando nuestra meta deseada es Jesús y nos sentimos entusiasmados para estar con él, queremos volar hacia él. Pero, al darnos cuenta de que para llegar a él tenemos que emplear medios dolorosos, nos asustamos y desanimamos. La cruz es el medio principal para alcanzar esta unión, y él mismo nos lo dijo al declarar: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” Mt. 16, 24. Estamos ante un dilema: impulsados a estar con Jesús por el amor pero detenidos por el miedo a emplear los medios necesarios. ¿Cómo navegar estas aguas entonces?

Padre Pío aconsejó a su hija espiritual, Raffaelina Cerase, sobre este dilema en su carta a ella en el 25 de abril de 1914:

El amor nos hace correr a gran velocidad, el temor en cambio nos hace mirar con prudencia dónde se pone el pie, guiándonos para no tropezar nunca en el camino que nos lleva al cielo. Sé que la cruz, queridísima hermana mía, es dolorosa, y para los amantes resulta casi insoportable la que pone en peligro de ofender a Quien se ama y se adora; pero Jesús, tentado en el desierto y colgado de la cruz, es una prueba clarísima, luminosa y muy consoladora de lo que te aseguro en nombre del tiernísimo Esposo de las almas, es decir, que las tempestades de esta vida para un alma que busca a Dios en todo,  lo desea sobre todas las cosas, que lo quiere a él solo en su corazón, que suspira por hacerle reinar como monarca en el centro de su espíritu, y que desea ardientemente ser poseída entera y totalmente por sólo él, y que en esto es mucho más celosa que lo que suele suceder entre dos amantes perdidamente dedicados al amor, digo que todo esto es un signo clarísimo del singular amor y excepcional misericordia de la amorosa Providencia de Dios, que no a todas las almas, incluso particularmente privilegiados, concede.

La clave para resolver el problema está incluida en la síntesis de opuestos. Esta síntesis se da cuando vemos, en alguna manera, la meta ya presente en los medios.  Por un lado está Jesús a quien amamos y a quien queremos llegar. En el otro lado se encuentra la cruz, un conjunto de dolores y dificultades que son difíciles de superar. Intuimos que solamente por un ardiente deseo ayudado por el mismo Dios se logrará el objetivo deseado. La síntesis ocurre cuando uno ve, o más bien, experimenta que Jesús está presente en los medios, es decir, en la cruz. Jesús está presente en los que sufren y en los que les muestra su compasión. Es su amor por ellos que nos llama a dar una respuesta a su grito y llanto. Jesús está presente en este testimonio en favor de ellos también, en el amor y compasión que uno les proporciona. El Amor sufre y el Amor consuela al que sufre. El Amor está presente en la herida y en la sanación de esta herida.

Aún más. Padre Pío le hace entender a Raffaelina que, si Dios le presenta la cruz en su vida, esto es en realidad, un signo de amor, un abrazo de su presencia y una invitación a ser más íntima con él. Nos da a entender que el amor verdadero no se frustra por la dificultad de la cruz. Más bien, la cruz prueba, purifica y perfecciona este amor verdadero. La persona que no busca a Jesús con la pasión de un amante no ve nada de agrado en este abrazo de la cruz, solamente ve obstáculos en su plan de unirse a él. Le hace falta entender que el sentido del amor oblativo y su dulzura pueden ser, sin entrar en el masoquismo, más exquisitos que la pasión sensual. Eso es tan verdadero como lo es que dos espíritus pueden unirse más íntimamente que dos cuerpos.

Entonces, cuando encontremos la cruz en nuestro camino cuaresmal, démonos cuenta que hemos encontrado el puente necesario para alcanzar la meta deseada: a Jesús crucificado y resucitado.

Su servidor en Cristo,

Fray Guillermo Trauba, OFM Cap.

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