De las cartas del Padre Pío- Paciente penitencia

Por fray Guillermo Trauba, OFM Cap.

Estimados Amigos de Padre Pío,

¡Paz y bien!

Este año el Miércoles de Cenia, el principio de la Cuaresma, coincide con el Día de Amistad. Hay una extraño yuxtaposición entre este día de penitencia con su ayuno y el día de celebraciones y fiestas  con nuestros amigos. Nos hace pensar si haya un sentido más allá que la coincidencia de dos fechas significativas por su contrariedad. ¿Qué tiene que ver la penitencia con la amistad?

Un propósito de la penitencia es la liberación del corazón de su habitual egocentrismo para  ser orientado y dispuesto a amar al prójimo. Este amor, aunque sea especialmente profundo con nuestras amistades, no se limita a ellas. Un corazón libre puede darse a otras personas sanamente sin perder su integridad y paz.

Desafortunadamente, lo normal es el contrario. El ego quiere recibir lo que quiere y en la manera  en que lo quiere. Se impacienta fácilmente. Tal vez son impulsos todavía de la niñez cuando era el centro de su mundo y el consentido de sus papás. Cuando no lo recibe  se vuelve impaciente y hace un berrinche. Así, los amigos se huyen de la persona con las pasiones desenfrenadas. Resulta que la persona, ahora sin amigos, se queda sola.

La impaciencia fue uno de los “campos de trabajo”  en la vida de una hija espiritual de Padre Pío, Anita Rodote. Sus consejos a ella pueden mejorar la calidad de nuestras amistades. Están incluidos en su carta a ella, fechada el 6 de febrero de 1916:

Toda tu vida se vaya gastando en la aceptación de la voluntad del Señor, en la oración, en el trabajo, en la humildad, en dar gracias al buen Dios. Si volvieras a sentir que la impaciencia se instala en ti, recurre inmediatamente a la oración; recuerda que estamos siempre en la presencia de Dios, al que debemos dar cuenta de cada una de nuestras acciones, buenas o malas. Sobre todo, dirige tu pensamiento a las humillaciones que el Hijo de Dios ha sufrido por nuestro amor. El pensamiento de los sufrimientos y de las humillaciones de Jesús quiero que sea el objeto ordinario de tus meditaciones. Si practicas esto, como estoy seguro que lo haces, en poco tiempo experimentarás sus frutos saludables. Una meditación así, bien hecha, te servirá de escudo para defenderte de la impaciencia, aunque el dulcísimo Jesús te mande trabajos, te ponga en alguna desolación, quiera hace de ti un blanco de contradicción.

Padre Pío advierte a Anita que debe dar cuenta a Dios de cada  uno de sus acciones buenas o malas. Sin embargo,  su énfasis es en  las humillaciones que sufrió Jesús por nosotros. Padre Pío llama ponre atención a cada acción ante Dios, porque  cada acción es un resultado de una decisión hecha con un cierto grado de conciencia y libertad. Consecuentemente, cada decisión nos arrima a Dios o nos aleja de Él según estos actos humanos.  Por eso somos los responsables y nos liberamos del concepto falso de  Dios de ser un policía que evalúa nuestros actos y nos multa o castiga cuando quebramos su ley. Si Jesús no retuviera su libertad,  sus humillaciones serían inevitables ante nuestra mala conducta y no tendrían un sentido de una ofrenda libre y consciente de parte de Jesús. Cuando Padre Pío aconseja a Anita de meditar las humillaciones de Jesús, implicado es que Jesús sobrellevó la mala conducta hacia él consciente y libremente. En turno, esto implica que Jesús veía algo de suficiente valor en nosotros que valía la pena de sufrir esta humillación sin quejarse o volverse impaciente. La clave, entonces, es descubrir este valor  que Jesús vio en esas personas en su entorno y en nosotros.

Tomamos un ejemplo de los papás con sus hijos. Los papás se sacrifican mucho por sus hijos y aunque se impacienten a veces, lo hacen mucho menos con sus hijos que con un desconocido. Los papás sobrellevan muchas cosas en sus hijos porque los aman y este amor está fundado, en parte, en una percepción de ellos mismos en sus hijos, un tipo de idealización de sus hijos. Es como si quisieron vivir sus sueños no realizados en sus vidas en las vidas de sus hijos.

Lo que Jesús ve en nosotros no es tan diferente de lo que los papás ven en sus hijos. Jesús ve su sueño en nosotros. Este sueño es  que la divinidad, su Padre, el Espíritu Santo y Él mismo, more con toda su verdad, bondad y belleza en la unicidad de cada persona. Su percepción aguda y profunda de esta posibilidad le inspira un sinfín de esfuerzos hacia nosotros en esperanza de que este  sueño sea realidad. Aun va al extremo de perdonarnos nuestros pecados sin límite. Esta “locura” se llama misericordia. Por su ejemplo espera que captemos su sueño para cada uno de nosotros y que lo comunicamos entre nosotros. Así espera que aprendamos por experiencia más que por ley lo que nos mandó: amarnos los unos a los otros como él nos amó.

Cuando captamos este sueño de Jesús un velo se nos quita de nuestra alma. Empezamos a ver a nuestro prójimo de una manera muy distinta. Apreciamos la obra de Dios en marcha en su vida y lo queremos secundar. Apreciamos la unicidad de cada persona y estamos dispuestos de aportar lo mejor de nosotros para cooperar con Dios en realizar su sueño en esta persona. Este esfuerzo que hacemos por el bien de la otra persona se nos devuelve y sirve para completar la belleza de Dios en nosotros y nos hace sentir plenos y felices.

Así, podemos comenzar la Cuaresma en el Día de Amistad valuando nuestras amistades más por sí mismos que por lo que podemos recibir de ellos.

Feliz Día de Amistad y Buen Provecho en esta temporada de renovación que es la Cuaresma.

Su servidor,

Fray Guillermo Trauba, OFM Cap.

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