¡Dios nunca deja de sorprenderme!- Experiencia de misión en Yécora, Sonora

Por: hno. Ariel Gutiérrez

Durante los días 11 al 25 de febrero, los hermanos en la etapa del Postulantado estuvimos en experiencia de misión en la parroquia de Yécora, Sonora, compartiendo la fe y la alegría con niños, jóvenes y adultos.

¡Dios nunca deja de sorprenderme! Lo digo con toda sinceridad. En ocasiones suelo ponerle demasiada atención a los detalles, y la preparación para estas dos semanas de misión no fueron la excepción. Ciertamente, saber qué se va a hacer o decir es importante y nos orienta hacia la meta; pero más claro está Aquél que es nuestro fin, por ser sumamente dinámico no puede ser limitado a un esquema y nos invita a acoger sus sorpresas, fruto de su creatividad divina.

Como tal, esta aventura inicio con el largo viaje hacia Yécora. Fue toda una experiencia fraterna que, entre oración, charlas, risas, mareos y siestas nos llevó desde Durango hasta Obregón; donde pasamos la noche en casa de un buen amigo y hermano. Él fue la primera sorpresa. Su testimonio, su ánimo, su hospitalidad, sin duda fueron un reflejo de la cercanía de Dios. Al día siguiente salimos con dirección a Yécora, y de nuevo los mareos. Llegamos por la tarde al Convento de Ntra. Sra. de Guadalupe y la bienvenida de los hermanos nos brindó el calor de hogar que el clima frío nos hacía necesitar.

El domingo 11 de febrero fuimos presentados a la comunidad parroquial y en las diversas capillas que atienden nuestros hermanos. El recibimiento de la gente fue un signo de apertura y dispuso nuestro ánimo para vivir esto que el Papa Francisco llama: “la mística del encuentro”, es decir, la capacidad de escuchar a las demás personas, la capacidad de buscar juntos el camino, el método… y la capacidad de no asustarse de las cosas. Y es que nuestra principal misión era la de encontrarnos con Cristo en el otro y hacerle saber que Cristo ya estaba presente en su vida, familia y actividades.

Este primer día de encuentro tuvo un momento que me pareció un signo claro de lo que íbamos a hacer. Por la tarde convivimos un poco con los jóvenes y cuando fray Arturo Lozano nos invitó a acompañarlo mientras dejaba a los jóvenes en sus casas, nosotros armamos la alabanza. Unos iban tocando la guitarra, otros cantando, otros bailando; en fin, fue anunciar la alegría del Evangelio en la oscuridad de la noche. En un punto del recorrido tomé una imagen de nuestra Madre María y la puse en alto, aquel momento fue aún más claro. De esto se trató, de anunciar a Cristo con alegría, mediante la sencillez y el ejemplo de María.

Durante las dos semanas estuvimos visitando familias por la mañana; tocamos de puerta en puerta buscando esa oportunidad de encuentro. Algunos encuentros fueron más breves que otros, pero al final es Dios el que dispone los medios y el tiempo propicio para que la semilla crezca; nosotros sólo intentamos ayudar a que ésta llegara a la tierra del corazón. Luego de los visiteos compartimos alimentos con algunas familias que amorosamente nos abrieron las puertas de su hogar. Disfruté mucho esto, porque más allá de la comida -que estaba deliciosa- conocer un poco de la historia de las personas, su fe, es algo que enriquece el alma.

Por las tardes trabajamos con niños (en la primer semana) y con los adultos y jóvenes (en la segunda). Cada día fue una experiencia de encuentro. Con los niños se trataba de ser concreto en las palabras y dinámico en las actividades. Con los adultos fue un compartir la fe desde sus experiencias y compromisos; y con los jóvenes realmente quedé sorprendido con su fidelidad al compromiso que han hecho de vivir al servicio de Dios en fraternidad, así como su alegría y disposición. Sin duda fueron dos semanas de grandes y muy gratas sorpresas.

Finalmente, ay una última sorpresa de la que quisiera hablar: el testimonio y compromiso de los hermanos en la fraternidad de Yécora. Cada uno, en su respectivo apostolado, lo dan todo. Y si todo esto de lo que he hablado ha sido posible, es gracias a estos corazones dispuestos a dejar que la gracia de Dios actúe en ellos y por medio de ellos. Ciertamente son hermanos comprometidos con Dios y su vocación. Ahora sólo me queda agradecer a Dios por esta experiencia de amor, a los hermanos por compartirlo con migo y a cada una de esas personas que se dispusieron a recibirnos con ánimo y alegría. ¡Que el Señor que es el bien, todo el bien, el sumo bien, los colme de gracia, amor y alegría!

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