En el nombre sea de Dios: Pío, Teresa, Ricardo: Asunción

Por Fr. Patiño

La solemnidad de la Asunción de María que celebramos el 15 de Agosto, me lleva a plantearme una cuestión un poco curiosa: ¿de qué se ríen los santos? La mayoría de los santos son risueños: san Pío, aunque tiene fama de mal carácter, hay un libro que habla sobre la sonrisa del padre Pío, los momentos alegres que vivía y los chistes que hacía de pronto. Qué diremos de la madre Teresa de Calcuta, siempre alegre en los videos y fotos que hay de ella.

También podemos mencionar personas que normalmente están alegres. No sé si todos conocen a Fray Ricardo Guadalupe Valadez, un fraile capuchino muy bueno, muy servicial y con una sonrisa muy característica. Ya sabes que en un lugar está él sin haberlo visto antes, tiene una sonrisa muy peculiar, que estalla en el lugar y lo llena de ruido y colores, es interesante. Algo curioso es que es una risa que se contagia, de repente, sin darte cuenta, ya te estás riendo con él y sin saber de qué exactamente, te lo aseguro que él tampoco sabe.

Cualquiera que los viera, a los santos o Fray Ricardo, pensaría que no tienen de qué preocuparse, tal vez puedan decir que “nunca sufrieron en la vida”. Pero, déjenme decirles que: san Pío tenía una enfermedad que sufrió desde niño y que era muy intensa, tanto que estuvieron a punto de sacarlo del convento, qué decir de sus estigmas, cincuenta años de desangrarse y de un dolor tan fuerte, como los clavos en sus manos y sus pies. La madre Teresa de Calcuta vivió la mayor parte de su misión, de su vida, entre los más pobres de la India, en los barrios más feos y mal olientes, entre los mismos leprosos, en el día a día, sin saber si tendría algo para mañana que darles. No te puedo decir mucho de Fray Ricardo pero, seguramente una parte de su vida no fue fácil, mucho tiempo vivió en un país que no era el suyo, con la ausencia de sus padres por el trabajo, la inseguridad y la timidez en Estados Unidos.

La solemnidad de la Asunción de María, su partida al cielo, nos ayuda a encontrar una clave importante para responder a esta pregunta, ¿por qué ellos entonces, después de tanto sufrimiento pueden sonreír? Grandes momentos dieron sentido en la vida de María: responde con un sí a un proyecto de nacimiento único en el mundo; educa a un hijo que es el Hijo de Dios, lo recibe con amor y cariño sin comprender ese gran misterio en su totalidad; acompaña muchas veces a Jesús hasta convertirse también ella en discípulo, en la primera creyente, tan es así que se puede decir de ella “la bienaventurada”; el seguimiento fue tal que, llegó hasta la muerte, la muerte de su hijo, la peor de las muertes, una espada atravesó su alma; seguramente después de la muerte de Jesús tuvo que soportar la humillación de una mala fama, de tener un hijo que murió condenado en una cruz; además, vivir la injusticia de una muerte por manos de las autoridades; pero, también vivió los encuentros del resucitado, aquellas promesas que ya había hecho Jesús de volverse a ver.

María hoy nos muestra que nuestro origen, camino y destino son la verdad y la justicia, son el amor. Hoy María es plenificada por el mismo Espíritu que la llevó desde la concepción, ese mismo Espíritu que la confortó y la guío, que la fortaleció en los momentos más difíciles, ese mismo Espíritu que solo un sí lleno de fe y de humildad conceden la paz y la alegría de los santos, de los bienaventurados. Esta certeza de que Dios hace justicia, de que acompaña, que se mueve entre nosotros, que sus promesas se cumplen, ese mismo Espíritu es el que hace abrazar la muerte con una sonrisa. En el nombre sea de Dios.