De las cartas del Padre Pío- Sobre la atenta vigilancia

Estimados Amigos de Padre Pío,

¡Paz y bien!

Ya sabemos que debemos confiar en Dios. Pero, ¿a qué punto debemos asumir nuestra responsabilidad en cooperar con su proceder? En la reflexión de septiembre concluimos que cuando estamos sinceramente tratando de cooperar consciente y libremente con la voluntad de Dios, como uno lo entiende, estamos haciendo todo lo que podemos hacer. Ahora el enfoque es en un detalle un poco más delicado. Nuestro auto-concepto en medio de esta cooperación.

Nuestro ego tiende a verse el protagonista en sus decisiones y acciones. Esto está bien y humanamente sano. Pero la relación de nuestro ego, en este caso a Dios, puede causar conflictos. Casi siempre no apreciamos la  unicidad de nuestra relación con Dios. En consecuencia, lo tratamos, inconscientemente o conscientemente, como hemos tratado a otras personas que tienen autoridad sobre nosotros. Cuando esta relación nos  es difícil le ponemos defensas y pretextos a Dios y así, nos cerramos a la ayuda que nos quiere dar. ¿Cómo remediar esta situación?

La hija espiritual de Padre Pío, Raffaelina Cerase, tenía muchas dudas en su vida sobre ella misma y sobre su relación con Dios. En la carta a ella, fechada el 10 de abril de 1915, Padre Pío le da los siguientes consejos:

Vuelvo a inculcarte que confíes siempre; nada puede temer el alma que confía en su Señor y pone en él su esperanza. El enemigo de nuestra salvación está siempre girando a nuestro alrededor para arrancarnos del corazón, el ancla que debe conducirnos a la salvación, quiero decir la confianza en Dios nuestro Padre; tengamos asida, muy asida, esta ancla; no permitamos nunca que nos abandone un solo instante, pues de otro modo todo estaría perdido.

Repítete siempre, y mucho más en las horas más tristes, las bellísimas palabras de Job: “Señor, aunque tú me mates, yo esperaré en ti”. Mantente siempre vigilante y no te ensalces sobre ti misma, juzgándote capaz de hacer algo bueno, ni por encima de los demás, creyéndote que eres mejor o al menos igual que los demás; sino considera a los demás como mejores que tú. El enemigo,  Raffaelina, vence a los creídos y no a los humildes de corazón.

Notamos la insistencia de Padre Pío en tener confianza en Dios venga lo que venga. Pero esto no implica que no tengamos que poner de nuestra parte. La vigilancia sobre sí misma, que Padre Pío recomienda a Raffaelina, requiere mucha atención de su parte y es para asegurar que su ego no le estorbe en la recepción de la ayuda de Dios. Es una postura o actitud de sumisión y de esperanza ante Dios.

Padre Pío aconseja a Raffaelina pensar que los demás sean mejores que ella. El valor de su exhortación está basado en una percepción de dos cosas: una, acostumbrada pero equivocada y la otra, desapercibida pero acertada. Primero, tendemos, equivocadamente, identificarnos con nuestros actos. Solemos opinar que una persona es buena por lo bueno que hace o es mala por lo malo que hace. Pero la persona no es lo que hace. Es responsable por lo que hace al grado de conciencia y libertad que tiene en este momento. Solamente él y Dios saben esto. En sí, somos siempre buenos porque somos continuamente el objeto del amor de Dios. Sin embargo, hacemos cosas malas y esto en sí no nos hace malos más bien, impide nuestra habilidad de recibir la gracia de Dios. Entonces, cuando percibimos algo de bueno en la otra persona estamos presenciando una acción de Dios y de veras debemos pensar que ella es mejor que uno, que aunque bueno, no hace nada de bueno. Como ya indiqué, esta percepción es equivocada porque no diferencia la persona de sus actos, pero a la vez dado a la acción de Dios en ella, disfruta su bondad más que yo.

Segundo, usualmente nos percibimos a nosotros mismos como intrínsecamente buenos sin hacer nada. Sin Dios el ser humano es incapaz de hacer un acto que sea bueno. Decir lo contrario negaría la eficacia de la redención de Cristo. Somos buenos por el amor incondicional de Dios a nosotros y el amor siempre busca expresarse e ir fuera de sí.  Aunque, en cuanto nuestro hacer, nos damos cuenta que nada bueno procede de nosotros, estamos llamados por naturaleza a amar y ser instrumentos del amor de Dios en nuestro entorno.

Entonces, para ubicarnos bien, tener confianza en Dios y estar receptivos a su gracia, necesitamos percibirnos como amados incondicionalmente por Dios y por ese amor somos buenos siempre. También necesitamos darnos cuenta que solos no podemos hacer nada bueno. Estas dos maneras de ver las cosas engendran en nosotros humildad que, es necesario para colocarnos adecuadamente en el Cuerpo de Cristo, siendo ni más ni menos lo que Dios quiere que seamos. Así podremos vivir en confianza y gratuidad ante Dios. Su misericordia llegará a ser el sostén de nuestra esperanza en él. Además, este situarnos en nuestro lugar,   permitirá conectarnos con todos los beneficios del Cuerpo de Cristo, desde los santos, las ánimas pidiendo por nosotros en el purgatorio y con nuestros hermanos y hermanas aquí en la tierra. El ego así será ágil y sumiso a la autoridad de Dios y se disfrutará de su providencia.

En la vida diaria dejémonos guiar por Dios, tomándolo en cuenta en nuestras decisiones y preguntándole en qué le agradaríamos. ¡Así sea!

Su siervo en Cristo,

Fray Guillermo Trauba, OFM Cap.