Un Dios con corazón

Por: Fray Patiño

Con motivo de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, me permito compartirles esta reflexión partiendo de las lecturas del día (Mt. 11,25-30).

¿A qué se refiere Jesús con el yugo cuando dice: mi yugo es suave y mi carga es ligera? Se puede entender como el dominio u opresión que una o varias personas ejercen despóticamente sobre otras.

Antes de este pasaje, Jesús sale a los pueblos de los judíos a predicar el Reino de los Cielos. Pero los judíos a pesar de ver cómo cura a los enfermos, cómo devuelve la vista a los ciegos e incluso cómo devuelve la vida a los muertos no le creen, principalmente los fariseos y los maestros de la Ley. Es por eso que se refiere a ellos como quienes imponen cargas que ni si quiera ellos pueden, tienen un corazón muy endurecido y quieren endurecer el de los demás. Ese yugo al que Jesús se refiere es el yugo de la Ley que ellos imponen y que no pueden cumplir, desde dar solamente algunos pasos en sábado hasta considerar la enfermedad como una maldición en la persona y excluirla de la comunidad por eso.

Este corazón endurecido no permite que las palabras y acciones de Jesús entren.

Los judíos cometieron el error de creer que Dios los había elegido por que eran un gran pueblo, porque observaban las leyes; el mismo Moisés les dice que no fue por eso, que Dios los ha elegido porque así lo ha deseado, porque él ha decidido amarlos, los ha elegido para eso, y si guardan sus mandamientos, es decir, la alianza de fidelidad de amor con él, permanecen en ese amor. El corazón es el lugar donde se guarda la Alianza, pero en la dureza esto se olvida.

Mi yugo ¿no será como el de los fariseos?, una ley que como no puedo con ella se la echo a los demás, esa ley no será: ¿“perdono pero no olvido”?, o ¿“te equivocaste y no mereces otra oportunidad”? ¿"no te perdono", "estás mal", "eres un pecador"? ¡Quita ese yugo, quítalo! Quitando ese yugo seguramente encontrarás un corazón herido, sentirás como cada herida duele profundamente porque no te has permitido el perdón, no te has permitido el equivocarte, no te has permitido que te amen, aceptar que necesitas de los demás, que no hay medidas perfectas, que estás cansado y agobiado. Quitar el yugo te descubrirá el corazón que necesita de perdonar-te, de amar-te, de sanar-te.

“Gracias Padre, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a los sencillos”, Jesús se atreve a decir esta alabanza al Padre porque tiene un corazón, un Dios con corazón, Jesús nos descubre aquí el corazón de Dios. Podemos encontrar que hay en el corazón del Padre una intención, una intención que es la que ha creado todas las cosas en el cielo y en la tierra. Podemos encontrar que hay un Reino para nosotros, de perdón y de misericordia, encontraremos que en el corazón del Padre está Jesús, encontraremos que en el corazón de Jesús también está el Padre y todo lo que le ha entregado, o sea, toda la tierra, todos los seres. Así pues, en el corazón de Jesús estás tú.

Pidamos al Señor: “Jesús, manso y humilde de corazón, has mi corazón semejante al tuyo”.

Has un corazón que decide amar, un corazón que sana, que perdona, que integra, un corazón que es uno con el Padre, un corazón ligero cuya Ley es el amor. Un corazón humilde que acepta su fragilidad y la necesidad. Un corazón que quiere ser tu morada, un corazón lleno de nombres, de abrazos, de sonrisas, de triunfos y fracasos. Un corazón que perdona en la cruz y que resucita en el amor, un corazón divino en carne humana.