De las Cartas de Padre Pio: Dios refugio en la prueba

Octubre 2018

Estimados Amigos de Padre Pío,

¡Paz y bien!

¿Dónde está Dios? Sin Dios el mundo es un caos. No tiene orden ni propósito. Todo es al azar, sin causa y sin fin. Sin Dios nuestra vida no tiene sentido y vamos día a día sobreviviendo de la chatarra que el mundo nos ofrece. A veces sentimos un desánimo tan profundo que nuestra mente se queda en la oscuridad y la voluntad en un desierto sin fin. Este desánimo es tan profundo que nos hecha afuera la certeza de nuestra fe de aquellos momentos dorados de encuentro con un Dios misericordioso. ¿Nos traicionó? O ¿nunca existió? La religión que nos educó en la creencia de un Dios amoroso y misericordioso fue en realidad ¿un abuso de mi ingenuidad que ahora experimento como una traición y amargura en el profundo de mi ser? O ¿es que mis creencias como mis dudas se me vienen o se me van según mi estado de ánimo?

Las situaciones en el mundo carente de paz y estabilidad y en la Iglesia con los escándalos últimamente divulgados a todo el mundo nos sacuden, nos turban y nos tumban si no tomamos a Dios nuevamente por la fe. Uno busca cómo levantarse y se pregunta si hay una razón para hacerlo. Para muchas personas esta situación es su realidad. ¿Vale la pena levantarse de nuevo?

Padre Pío tenía momentos muy oscuros en su vida tanto por sus sufrimientos corporales como por las pruebas en su espíritu. Todo esto le probó su fe hasta el extremo. Fue retado por estas pruebas a cimentar su fe en una convicción y no en un estado de ánimo. Su purificación duró años y su testimonio de fe en estos momentos puede beneficiarnos mucho en nuestras pruebas de fe. Un interesante comentario de esta situación de oscuridad en el alma de Padre Pío se encuentra en su carta a su director espiritual, Padre Benedicto de san Marco in Lamis, fechado el 19 de junio de 1918, tres meses antes de recibir los estigmas:

¡Ay! Padre mío, usted que sabe de él, dígame, se lo suplico, no me eche en cara mi dispersión, mi ansia, mi errar en busca de él; no me eche en cara la falta de abandono de este espíritu, que también desea con vehemencia su descanso más ciego y humilde en el divino beneplácito; dígame, por caridad, ¿dónde está mi Dios? ¿Dónde podré encontrarlo? ¿Qué puedo hacer para dedicarme a buscarlo? Dígame, ¿lo encontraré? Dígame, ¿dónde debo posar este corazón mío, que se va enfermando de muerte y que instintivamente lo siento en una afanosa y penosa búsqueda?

Oh Dios, oh Dios, no puedo decir otra cosa: ¿por qué me has abandonado? Este espíritu, justamente golpeado por tu justicia divina, yace en una vehemente contradicción, sin ningún recurso ni conocimiento, fuera de los fugaces relámpagos, puestos para agudizar el sufrimiento y el martirio me siento morir, me abraso de ardor, desfallezco de hambre, o padre; pero me parece que ahora el hambre se va reduciendo al solo deseo de uniformarme a la voluntad divina y del modo que él quiera.

Notamos la profundidad y dolor palpable del alma de Padre Pío en sus floridas expresiones de angustia. Lo más profundo que sean nuestros apegos tanto serán las angustias en la purificación de ellos. Siempre es una ayuda a recordar que estas pruebas vienen de la mano de nuestro Padre misericordioso y que nos preparan para recibir un regalo mucho mayor y mejor que el que teníamos con el apego a esta o aquella criatura. Soltar las criaturas es difícil pero soltarse de los planes que uno ha formulado a través de los años para la felicidad de sí mismo es sumamente más difícil. Como Padre Pío, podemos captar las luces fugaces que nos hierran por no haber alcanzado la meta de nuestro deseo todavía, pero, a la vez, nos sostienen en esta lucha oscura y nos animan en la búsqueda de nuestra liberación. Entonces, con Padre Pío podemos concluir que dado que todo se nos fue quitado queda solo el deseo de uniformarnos a la voluntad divina y del modo que él quiera. Esto es abandonarse a la voluntad de Dios y es la opción preferencial. Si no, la desesperación nos consumirá.

El desorden en el mundo y la fragilidad humana entre los custodios del testimonio de Jesús confiado a su Iglesia nos estremecen y prueban nuestra fe al extremo. Sin embargo, con la gracia de Dios que nos ilumina y nos fortalece, nos mantenemos firmes y fieles a este testimonio del Hijo del Padre que nunca será corrompida a pesar de la fragilidad de las vasijas de barro que lo conserven. Dios tiene su manera de purificar a cada persona y a su Iglesia de todo lo que no conviene a su unión con su Cabeza. Esta dolorosa podada es para que broten retoños de más vigor que darán más fruto en su tiempo. Ánimo entonces, Dios está con nosotros y nosotros con él en la medida que estamos decididos de retomar su primer mandamiento dado a nosotros, el de amarlo con todo nuestro ser.

Su servidor en Cristo,

Fray Guillermo Trauba, OFM Cap.

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