De las cartas de Padre Pío: sobre los procesos de cambio en nuestra vida.

 

Por: fray Guillermo Trauba.

¡Paz y bien!

“¿Por qué no puedo cambiar? Tengo buenas ideas e intenciones pero siento que Dios no me ayuda.”

Esta es la situación de la mayoría de nosotros por lo menos de vez en cuando. Hay tendencias y conductas en nosotros que son tan difíciles de cambiar. “¿Qué me pasa? ¿Por qué Dios no me ayuda más?”

Sabemos que Dios nuestro Padre nos ama muchísimo. Sabemos esto por el testimonio de su Hijo Jesús. Sin embargo, este amor para con nosotros se expresa, en mayor parte, por medio de lo que él ha creado. Quiere que nos unamos completamente con él para que nuestra alegría sea completa. Entonces Dios busca maneras de santificarnos sin violar nuestra naturaleza de la cual nuestro libre albedrío es el más importante. Por eso nos invita hacer el bien; nunca nos fuerza. No nos castiga directamente por hacer el mal pero permite que experimentemos las duras consecuencias de nuestras malas decisiones. Su pedagogía mira a provocar un testimonio de nuestra parte por los estímulos de las pruebas que nos permite experimentar. Por el crisol de la lucha se comprueba nuestra fidelidad a él y nuestra autenticidad como sus hijos e hijas.

Nuestra naturaleza herida por el pecado original engendró un miedo en nosotros de tal manera que comenzamos a sobrevivir en vez de vivir. Este miedo nos hace defensivos contra la amenaza de la muerte presentada directamente o indirectamente por medio de otras personas. A la vez, esta situación de inseguridad existencial nos ha instilado un deseo de controlar casi todo en nuestro medioambiente. La vanagloria presupone esta habilidad en nosotros pero a precio de quitarnos la paz por las constantes amenazas que se nos presenten. Aprendimos a ser soberbios y auto-referenciales como estrategias de sobrevivir sin dependencia en un Dios que, por el pecado original, ya no conocemos. Ahora estas tendencias adhieren a nosotros y nos persiguen como a nuestra propia sombra.

Padre Pío advierte algunos cuidados para tener en cuenta durante las pruebas, especialmente en el combate con nuestro propio ego-centrismo. Sus consejos se encuentran en su carta a su amigo y hermano religioso Padre Agustín de San Marcos in Lamis en su carta a él, el 2 de agosto de 1913:

Tenía mucha razón San jerónimo, al comparar la vanagloria con la sombra. De hecho, la sombra sigue al cuerpo a todas partes; y hasta le mide los pasos. Se aleja el cuerpo y se aleja también ella; camina a paso lento, también ella hace lo mismo; se sienta, y entonces también ella toma la misma posición.

Lo mismo hace la vanagloria; sigue por todos lados a la virtud. En vano intentaría el cuerpo huir de su sombra; ésta, siempre y en todas partes, le sigue y camina a su lado. Lo mismo le sucede a quien se ha dedicado a la virtud, a la perfección: cuanto más huye de la vanagloria, más es asaltado por ella. Temamos todos, querido padre, a este nuestro gran enemigo. Lo teman todavía más aquellas dos almas elegidas. Porque este enemigo tiene un algo de inexpugnable.

Estén siempre alerta; no se deje a este enemigo tan poderoso entrar en la mente y en el corazón; porque, si consigue entrar, desflora las virtudes, corroe la santidad, corrompe todo lo que hay de belleza y de bondad. Traten de pedir continuamente a Dios la gracia de verse preservadas de este vicio pestilente, porque “Todo don perfecto viene de arriba, del Padre de las luces”. Abran sus corazones a la confianza en Dios. Recuerden siempre que todo lo que hay de bueno en ellas, es puro regalo de la suma bondad del Esposo celestial.

 

Es la verdad que no podemos alejarnos ni de nuestra sombra ni de nuestro orgullo pero podemos procurar no dejarnos guiar ni por nuestra sombra ni por nuestro orgullo. Caminamos juntos por necesidad, pero si mantenemos nuestro juicio y decisión hacia una meta santa, el empuje del orgullo no nos tumbará. No por nada Jesús nos exhortó de “estar en vela”. Estar en vela es una atención a poner los medios necesarios a llegar a un buen fin, a pesar de la atracción constante de nuestro ego-centrismo. La humildad nos aconseja aceptar nuestra vanagloria sin consentir a ella. En resumen, un enemigo conocido es mejor que un enemigo escondido.

Vemos muchos ejemplos de personas que, dejándose llevar por sus instintos, han naufragado, topando sorpresivamente en las duras consecuencias de sus actos. Si todavía quieren la misericordia de Dios se les concederá pero usualmente el rescate será más largo y doloroso.

Por ello, hermanos y hermanas, hagamos caso desde el principio a los consejos de Jesús y reafirmados por Padre Pío. Aunque caminemos con nuestra humanidad dañada por el pecado procuremos mantenernos en pie con su ayuda y estar atentos y dispuestos a ser guiados por su luz en nosotros.

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