De las cartas de Padre Pío: sobre nuestras relaciones humanas

Por: fray Guillermo Trauba.

¡Paz y bien!

A veces tratar de ayudar a alguien parece como un ejercicio en frustrarse. Aunque uno tenga las mejores intenciones para el bien de la otra persona, esta otra no lo entiende y ante la caridad de uno le devuelve abusos y críticas. Esta experiencia es común a todos de nosotros que vivimos en comunidad o familia. Nos sentimos impotentes y si no estamos bien instruidos podemos dar cabida a resentimientos o desesperación. ¿Qué hacer ante tal situación tan frustrante?

 

Padre Pío orienta a su dirigida, Raffaelina Cerase, sobre este problema en su carta a ella fechada el 23 de octubre 1914. Estos consejos representan una continuación de los consejos sobre la paz interior que fueron el tema de la reflexión del mes pasado:
La caridad, el gozo y la paz son virtudes que vuelven al alma perfecta en torno a lo que posee; la paciencia, en cambio, la vuelve perfecta en torno a lo que soporta. Lo dicho hasta aquí es lo que es necesario para la perfección interior del alma. Para la perfección exterior del alma son necesarias las virtudes, algunas de las cuales se refieren al modo cómo el alma que tiende a perfección debe comportarse con el prójimo; otras, en cambio, se refieren al régimen de los propios sentidos. Entre las virtudes que el alma necesita en relación al prójimo, encontramos, en primer lugar, la benignidad, con la que el alma devota con sus comportamientos agradables, corteses, cívicos, ajenos a toda grosería, cautiva a aquéllos con quienes trata y atrae a imitar su vida devota.
Pero todo esto es aún muy poca cosa. Conviene bajar la los hechos: y he aquí que nos viene inmediatamente la benignidad, virtud que empuja al alma a servir de utilidad para los demás. Y aquí es bueno señalar dos cosas bastante importantes para el alma que tiende a la perfección. Una de ellas es ver que el prójimo no saca provecho del bien que se le hace; la otra es, no sólo que el prójimo no siempre saca provecho del bien que se le hace, sino, lo que es peor, ver que a veces corresponde con ofensas y con ultrajes. Al alma no bien instruida le sucede con frecuencia que cae en el engaño. Dios nos libre de ser víctimas de semejantes emboscadas, tendidas por el enemigo para arruinarnos y correr sin premio.
Es necesario por tanto, que, contra la primera emboscada, nos armemos con la hermosa virtud de la magnanimidad, que es una virtud que no permite que el alma retroceda nunca al procurar el bien ajeno, incluso cuando ve que ningún provecho saca el prójimo. Contra la segunda, es necesario amarse de mansedumbre, que lleva a reprimir a ira, incluso cuando se ve correspondida con ingratitud, con ultrajes y con ofensas.
Pero todas estas hermosas virtudes todavía no bastan si no se les une la virtud de la fidelidad, mediante la cual el alma devota adquiere prestigio y cada uno se asegura de que en su obra no hay doblez.

Estos consejos nos hacen recordar de situaciones en una relación de pareja en que uno no cambia a pesar de los mejores esfuerzos del otro: situaciones de adicciones, violencia u otros vicios. Ya sabemos que no podemos forzar los cambios a una persona. Para que sean duraderos, los cambios de una persona tienen que ser conscientes, libres, deseados y practicados. Tienen que tener sentido para la persona que se quiere cambiar para que así con estos cambios, aunque sean difíciles, viva ahora en ganancias y ya no en pérdidas.

La tarea de la vida es aprender cómo amar a la persona como Cristo nos amó. Padre Pío recomienda las virtudes de benignidad y la magnanimidad, juntas con la mansedumbre y la fidelidad como las armas principales que el alma devota necesita para este combate espiritual de los vicios en la persona que ama con amor verdadero. Desgraciadamente, frecuentemente nuestro amor dura hasta la primera incomodidad que experimentamos. Esto pone en evidencia que nuestra preocupación no es tanto para el bien de la otra persona sino por nuestra propia comodidad. En nuestra vida diaria nos hace falta la consciencia de pedirle a Jesús estas armas en momentos de necesidad.

Hagamos el propósito entonces, para nuestro bien y el bien de la persona que amamos de luchar fielmente con Jesús por la vida y bien de esa persona avalándonos con las virtudes que Él nos propone.

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