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Testigos de un pueblo crucificado

“Rosas de sangre han florecido…”

Por: Fray Pepe Villarreal

Cada año, el día 17 de Septiembre, la orden franciscana recuerda la impresión de las llagas de Cristo en el cuerpo de San Francisco de Asís. Dicen que en una ocasión, ya hacia el final de su vida, estando en un monte solitario en oración y retiro, San Francisco tuvo una visión, en la que veía un hombre crucificado, pero como envuelto en alas, como un serafín; era una visión de Cristo que se acercaba a él y a la vez le hacía sentir una gran alegría y un gran dolor. Cuando la visión teminó, el cuerpo de Francisco estaba marcado con las heridas del crucificado; sus manos, pies y costado estaban como atravesados y sangraban.

La visión de Cristo debió ser así de impresionante. Cuando terminó, Francisco ya no era el mismo; llevaba sobre su cuerpo las llagas de Cristo (Cfr. Gal 6, 17).

Nosotros estamos llamados a llevar las llagas de Cristo también; pero para eso no es necesario tener una visión mística. Las llagas de Cristo están a la vista todos los días en las personas más pobres, más despreciadas y más sufridas.

El migrante, el indigente, el que sufre una adicción, la madre soltera, la señora de la esquina que está enferma, el maltratado y tratado injustamente por la autoridad, el niño al que todos desprecian en la escuela, tu hermano con el que te enfadaste ayer… Allí está Cristo crucificado. Si logras verlo, quedarás marcado por esas llagas y ya no serás el mismo.

Llevar las llagas de Cristo es ser testigo, es decir con nuestra sola presencia que Cristo está muy cerca y está esperando nuestra respuesta, nuestro amor… Gritar al mundo que “el Amor no es amado”.

Dejarse tocar por los crucificados de este mundo es dejarse tocar por Cristo crucificado, porque, “…cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40)

No tengas miedo de ser crucificado. Así estarás más cerca del Señor.

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